Sólo quiero que mi Dios se acuerde de mí

Por Silvana Escobar Arias

@SilvanaEscobarA

Hay tantas historias como personas, las calles las ven pasar, las acogen. Carlos Emilio Bedoya, un vendedor ambulante; un hombre invisible para tantos; una historia de pérdidas, soledad, resignación, pero sobre todo de superación e independencia.

Allí estaba, sentado, quieto y con la mirada fija en la nada, tal vez en sus pensamientos. Era casi mediodía y Carlos Emilio aún no sentía hambre, esperaba vender uno o dos cigarrillos más antes de satisfacer esa necesidad física. Mientras eso sucedía, respiraba el aire invernal, propio de abril, acompañado de un montón de perros y del público itinerante que se sienta en las escalas del atrio de Rionegro a esperar un quién o un qué.

Carlos Emilio Bedoya nació en Sonsón, Antioquia, hace medio siglo. Creció en una vereda que, tal vez, por su nombre lo inspiró a ser ciudadano del país más que de su pueblo. En “La Habana” pasó buena parte de su vida con sus cuatro hermanos cultivando la tierra, trabajando con caña de azúcar y cogiendo café. Pero, como dice él, sus ganas de andar lo llevaron a ciudades muchos kilómetros después de Sonsón como Manizales y Bogotá.

Sus aventuras le dejaron huellas hondas en el alma y en el cuerpo. En una de esas ciudades, no dijo en cuál, se enamoró de una mujer que le lastimó la vida. En sus ojos profundos, del color de una noche clara sin estrellas, se percibe nostalgia cuando cuenta que se fue de su lado sin decir nada, que se llevó a sus tres hijos a vivir con otro hombre, así, simplemente así.

Y como si no fuera suficiente, la familia no fue su única pérdida. Cuando estaba en Bogotá le comenzó repentinamente una infección en el dedo “gordo” de uno de los pies; inicialmente se hizo desinfecciones y curaciones, pero su estado de salud empeoraba. Dos de sus hermanos, residentes en Rionegro, lo devolvieron a las montañas de su departamento. Cuando llegó al pueblo y visitó el hospital regional supo que el diagnóstico le cambiaría la existencia, aún más. Un grave problema de circulación que ya era incorregible determinó la amputación de buena parte de su pierna derecha.

O Carlos no se queja de nada, o la mayoría nos quejamos de todo, pero las facciones de su cara marcada por muchos días bajo el sol, oscura como su cabello sin asomos de blancura, sigue impasible y tranquila como quien cuenta una historia sacada de los bolsillos de un duende fantástico y no las tristezas de su día a día.

No es un hombre de muchas palabras, pero sí de amabilidad y buena capacidad de escucha. Detiene un momento su narración escueta para atender a un transeúnte perdido, sin vacilar le indica el camino. Antes de continuar se acomoda ligeramente el sombrero claro, que hace perfecto contraste con el tono de su piel casi sin arrugas.

Carlos Emilio está acostumbrado a valerse por sus propios medios y nada de lo que le ha sucedido ha cambiado su independencia. Manifiesta que la pérdida de su pie, indiscutiblemente, le cambió la vida: ahora no puede hacer muchas cosas que quienes tenemos las dos piernas sí, pero ha sabido salir avante. Nunca, ni siquiera cuando salió del hospital, necesitó que le ayudaran en alguna tarea y menos si era su aseo personal y necesidades.

Al principio, cuando fue amputada su extremidad, vivió con sus hermanos, pero eso no lo eximía de responsabilidades económicas, del hambre y de la sed. Desesperado, empezó a pedir monedas en las calles torcidas y dañadas del centro de Rionegro. Poco después, incómodo, decidió poner una pequeña venta de dulces en una esquina del atrio del municipio, ese pedazo al que tantos denominamos “La Oficina”, al lado de un cajero y dónde a veces el sol delata el maloliente pasó de un hombre con la vejiga llena que no aguantó.

Allí lleva más de doce años cargando, solo, con sus muletas plateadas, un cajón de madera sin lijar, sencillo, ataviado con un montón de dulces pequeños con envolturas diversamente coloridas. Llega al parque a eso de las 8 de la mañana y se va cuando la negrura nocturna se ha apoderado de todo el lugar. Las ventas no lo han hecho millonario, pero ha logrado subsistir más de una década de cuenta de éstas y le quitaron las molestias de andar mendigando y de vivir con sus hermanos. “Sentí que estaban cansados de mí y me fui a vivir solo, pago una pieza a una señora, así tengo independencia”, expresa Carlos con las manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta impermeable.

Aunque me siento mal, me es inevitable reparar que casi no se le nota la amputación que esconde en un pantalón de rayas ébano. Su historia esta llena de matices y contradicciones, de ironías que él ya no percibe, está muy solo, pero eso no parece importarle. Se inclina hacía sus dulces y acomoda no sé qué en su cajón, me cuenta que es un hombre tranquilo, ya no sale a beber porque hace un tiempo unos exámenes médicos dijeron que tenía diabetes y eso, sumado a sus problemas circulatorios, indica que debe cuidarse mucho. Vende dulces y no puede comérselos.

Lo único que parece turbar la paciencia y las ganas de Carlos Emilio son sus hijos y la enorme distancia de más de catorce años. Un gesto de tristeza asoma de sus labios, casi invisibles por su mostacho oscuro con vetas del color de las nubes. Se nota que quisiera volver a verlos, pero esa no es la voluntad de su billetera casi vacía.
De resto está conforme, no espera mucho, quiere que su rutina permanezca intacta, únicamente, aferrado a su fe, dice para concluir “sólo espero que mi Dios se acuerde de mí”.

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