DE BRUJAS Y AQUELARRES

DE BRUJAS Y AQUELARRES

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Por Juan Fernando Pachón Botero

Cabello hirsuto, piel ajada, nariz prominente, verrugas al por mayor, edad avanzada, voz aguda y chillona, carcajada estrambótica, joroba pronunciada, escoba a la mano lista para el vuelo, olla rebosante y ardiente (repleta de pócimas mágicas),… Desde la mitología clásica hasta la actual concepción literaria y cinematográfica, la anterior descripción corresponde a la de una bruja escaldufa. Este inventario ha trascendido al tiempo enraizándose en el imaginario popular. Pero lejos de la caricaturización ridícula y los clichés comerciales, la historia de la brujería en el mundo merece un análisis más sensato y sesudo.

DE MUJERES SABIAS A ESPOSAS DEL DIABLO

El pueblo celta era muy dado a la adoración del cosmos (El halloween tiene su origen en una fiesta pagana de origen celta). Los sacerdotes consagrados a estos menesteres se denominaban druidas, y las sacerdotisas, druidesas. Sin embargo, esta cultura milenaria le otorgaba a sus féminas un carácter más místico y sagrado que a los varones. Fue una sociedad matriarcal por excelencia, que le dejó el mayor peso de la espiritualidad a la mujer. Desde muy temprana edad eran entrenadas en el arte de leer la naturaleza en aras de augurar cosechas, predecir tormentas, vaticinar estaciones, elaborar yerbas medicinales, revelar nacimientos especiales y pronosticar muertes trascendentales, entre muchas otras actividades filantrópicas… Hasta que apareció la iglesia católica con su estatus patriarcal y su escuela aristotélica, y aquellas sacerdotisas ascéticas se convirtieron de la noche a la mañana en brujas dignas de las hogueras más abrasadoras.

En su libro “El retorno de las brujas” la filósofa mexicana Norma Blázquez explica que las brujas fueron mujeres con amplios conocimientos en fertilidad, reproducción, anatomía, botánica, amor, sexualidad,… las cuales tuvieron que pagar un elevado impuesto por su gran atrevimiento, en una sociedad predominantemente masculina.

POR CADA DIEZ MIL BRUJAS HAY UN BRUJO

La idea generalizada, tanto en el medioevo como en la época contemporánea,  es que la brujería es jurisdicción exclusiva de las mujeres, incluso el historiador francés del siglo XIX, Jules Michelet, en su libro “La bruja” afirmaba tajantemente: “Por un brujo, diez mil brujas”. Pero detrás de esta aseveración temeraria hay factores de peso que explican el fenómeno:

Factor histórico-religioso: Desde la historia bíblica de Adán y Eva, se emparentó a la mujer,  epítome de la debilidad humana, con la tentación misma. Fue ella quien corrompió a su consorte y lo llevó por el camino pecaminoso valiéndose de la “fruta prohibida”. Partiendo de esta lapidaria premisa se puede entender la nefasta influencia de la iglesia primitiva con respecto al lugar que ocupará la mujer en la escala de valores de la espiritualidad humana. En este orden de ideas, a la mujer medieval se le consideraba una criatura irracional, un ser débil proclive a la maldad. Era una época de represión y oscurantismo donde el sexo femenino era visto solo como un objeto sexual y cuya única función en la tierra era la de engendrar hijos. Sin embargo, hubo una numerosa corriente de mujeres que se liberaron del dominio marcadamente masculino. Muchas esposas descontentas y mujeres solitarias en busca de nuevas experiencias acudían regularmente a citas clandestinas en el bosque para desahogar sus penas y poder, así, dar rienda suelta a sus placeres más mundanos. Entonces fueron tachadas de brujas.

Factor socio-religioso: Algunos estudiosos afirman que la brujería no es más que una “venganza inconsciente” de algunas mujeres en contra de la iglesia católica, la cual las marginó de sus ritos litúrgicos. De tal forma que optaron por servirle al enemigo natural de Dios por antonomasia, el Diablo. En este sentido, el principio teórico de la misa católica con respecto a los aquelarres (y posteriormente a la misa negra) es diametralmente opuesto.

Factor biológico-psicológico: Desde el punto de vista científico, la naturaleza de la mujer es más propensa a lo sobrenatural, a dejarse llevar por las supersticiones, a dejarse impresionar fácilmente por “acontecimientos extraordinarios”. Es muy probable que muchas de ellas se dejaran seducir mansamente a manos de ciencias esotéricas, que en medio de una realidad desoladora les brindara un mejor estilo de vida, buscando de esta manera escapar de su penosa situación. Es importante destacar que la mayoría de mujeres acusadas de brujería eran por lo general ancianas, pobres, incultas, desamparadas, dementes,… y toda una suerte de adjetivos de las más baja denominación.

VUELO DE BRUJAS… ¿ASUNTO DE ALUCINÓGENOS?

La clásica postal de una vieja bruja volando sobre su escoba, camino al bacanal, ha rondado la imaginación popular desde épocas ancestrales. Aún suele ser una estampa recurrente en cuentos infantiles y películas del género. Incluso hay quienes dicen haberlas visto surcando los aires. Y es que la naturaleza humana gusta de estas historias. Sin embargo, al buscar auxilio en los dominios de la razón, la fábula se derrumba.

Según testimonios de la época, se sabe que las acusadas de brujería se reunían periódicamente en lugares apartados del bosque para consumar sus ritos. Antes de acudir a estas ceremonias nocturnas se aplicaban en el cuerpo ungüentos con supuestas propiedades mágicas, que no eran otra cosa que una miscelánea de yerbas muy comunes en la Europa rural. Es así como se embadurnaban de belladona, acónito, mandrágora, opio, beleño, estramonio,… Estas plantas actuaban a modo de narcóticos, que al introducirse en el torrente sanguíneo  ocasionaban en las usuarias, complejas alucinaciones y fuertes alteraciones de la percepción de su “realidad”. Como es apenas lógico, los supuestos vuelos correspondían al trance que sufrían las mujeres, víctimas de los efectos secundarios de la droga. De la misma manera, quedan en entredicho los aparentes actos carnales con el demonio. En cuanto al asunto del objeto fetiche, la escoba como instrumento de vuelo, algunos autores creen que la utilizaban, en medio de un frenesí lujurioso, para aplicarse el ungüento en sus partes más íntimas. De tal suerte, que en sus perturbadas mentes rondaba la impresión de que el viaje solo era posible gracias al poder mágico del afamado artilugio de aseo.

En el libro “Grandes Temas de lo Oculto y de lo Insólito”, del catalán Tomás Doreste, se menciona a un juez alemán del siglo XV llamado Johann Nider, el cual quiso demostrar que las experiencias fantásticas descritas en los juicios de brujas no eran más que asuntos terrenales: “Aceitó el cuerpo de una mujer con el famoso ungüento y esperó a ver cuál sería su reacción. El cuerpo femenino comenzó a retorcerse, mientras brotaban extrañas palabras de la boca. La oyeron expresarse como si volara en el espacio, hasta llegar al aquelarre. El juez comisionó a dos guardias para que se desplazasen al lugar indicado por la supuesta bruja. Regresaron diciendo que el bosque estaba desierto y oscuro. Mientras tanto, la mujer se agitó con fuerza, como si estuviera danzando, y se golpeó la cabeza contra el muro.  Al despertar declaró que había estado en una reunión sabática y que el Diablo la golpeó, en un arrebato de furia erótica. El juez Nider ordenó poner en libertad a la mujer y debió hacer algunos comentarios con sus amistades acerca de las tonterías que suceden en el mundo.” Tomado del libro.

CACERÍA DE BRUJAS…DEPORTE MEDIEVAL

Corría el ecuador del segundo milenio de la era cristiana. La iglesia gozaba de gran poder en Europa. Sin embargo, una nueva “corriente maligna” representada en la imagen de mujeres malvadas y mágicas, amenazaba la hegemonía de la religión católica. Como era obvio, esta situación no fue vista con muy buenos ojos por el santo oficio, que ágil y presto elaboró de urgencia un tratado sobre la moral y los valores perdidos, el “Malleus Maleficarum” (“El martillo de las brujas” – año 1486 – ), a cargo de los monjes dominicos  Heinrich Kramer y Jakob Sprenger. Este pseudo manual educativo fue el punto de partida para la aterradora caza de brujas en la Europa medieval, así como un punto de inflexión en la imagen satanizada de las mujeres con ideas propias y actitudes independientes. La doctrina consignada en este texto fue el caldo de cultivo que engendró una histeria colectiva en gran parte de Europa central.

Ya Carlomagno (Emperador de occidente, siglo IX), anteriormente, había ordenado un edicto que castigaba con la pena de muerte a quien osara provocar tempestades y estropear las cosechas. Ocho siglos después, el santo oficio tomaba atenta nota de este brutal método de represión, con la firme intención de alinear a su rebaño por el buen camino. Fueron varios siglos en medio de una orgía de sangre y métodos despiadados de tortura.

La dinámica de los procesos era tan absurda como desalmada. Se implementaron modelos de juicios que cuesta creer que una mente medianamente racional fuera capaz de idearlos. Una de las prácticas más arraigadas consistía en echar al agua a la acusada. Si se hundía y sucumbía ahogada, era absuelta de sus pecados, siendo declarada inocente. Entonces se celebraba una muerte digna y justa. Caso contrario, si flotaba, era señalada de bruja, y era condenada a morir en la hoguera. Otro método traído de los cabellos radicaba en tirar por un precipicio a la sospechosa. Si caía al vacío: “¡Aleluya, era inocente la desgraciada!” En cambio, si llegase a volar: “Sálvese quien pueda, bruja a la vista”

Ni siquiera la realeza escapó de las garras inquisidoras: “Ana Bolena, esposa de Enrique VIII y madre de la futura reina más poderosa de Inglaterra – Isabel I- fue decapitada acusada de incesto, traición y brujería. Detengámonos en el último señalamiento: la reina consorte de Inglaterra tenía una malformación genética en una de sus manos y daba la impresión de tener seis dedos. Igualmente, tenía un prominente bulto que hacía las veces de tercer pecho. Tales mutaciones sirvieron de prueba irrefutable para acusarla de bruja.

No solo Europa padeció esta cacería indiscriminada. Los puritanos que cruzaron el atlántico abjurando de la iglesia anglicana sentaron sus colonias en la bahía de Massachusetts (EEUU, siglo XVII). Fue precisamente en la aldea de Salem donde se vivió un célebre episodio denominado Los juicios de Salem. Cientos de personas fueron acusadas de brujería sin razones de peso y cerca de 25 fueron ejecutadas, la mayoría mujeres. Al final del proceso el jurado se arrepintió públicamente, ya que consideró que las pruebas allí consignadas habían carecido de fundamentos sólidos. Algunos autores sostienen que estos juicios se dieron a raíz de luchas por apropiación de tierras y guerras entre familias rivales.

Un hecho importante que explica la interminable lista de mujeres señaladas de brujas, era que la gran mayoría de ellas, en medio del pánico y el extremo dolor causado por las crueles torturas, no tenían más remedio que aceptar frente a sus verdugos ser las “consortes del maligno” (cerca de treinta mil mujeres fueron quemadas en la hoguera en los procesos inquisitoriales). Pero afortunadamente el siglo de las luces (siglo XVII) apareció en escena. El nuevo arquetipo del hombre de la ilustración le ganó el pulso a las viejas ideas irracionales y a las desgastadas doctrinas maniqueístas que dominaron durante varios siglos a la Europa medieval.

…QUE LAS HAY… LAS HAY

Los cuentos de brujas generan cierto magnetismo y fascinación. Forman parte de la tradición oral de los pueblos y son pieza esencial del folclore de cada región. Las historias de hechizos y conjuros siempre  transitan esa delgada línea que separa la ficción de la realidad. En este sentido, las letras y el séptimo arte se han encargado de perpetuar su legado. Desde Medea, la bruja que se enamoró perdidamente de Jason, héroe de la mitología griega; pasando por Bel, Gala y Morg, las tres hermanas fatídicas que presagiaron el infausto destino de Macbeth (William Shakespeare); hasta llegar a la malvada bruja del oeste en El mago de oz (Victor Fleming), encarnada por la terrorífica (y verde) Margaret Hamilton; terminando en una bruja mucho más fresca y real como la abogada Lucrecia Gaviria (Amanda en La bruja de Germán Castro Caicedo), la mujer que, como parte de un sortilegio, hizo danzar desnudos a los expresidentes Turbay Ayala y Misael Pastrana en el frío de la media noche capitalina en el cerro de Monserrate, y que alguna vez dijo: “las brujas tenemos que convivir con una maldición eterna, tendremos el poder a nuestro alcance, pero siempre seremos pobres”

Las hay malvadas, también bondadosas. Algunas vuelan sobre animales, otras brincan de techo en techo. Unas, amantes del diablo; otras, inocentes doncellas. Unas, bellas como un atardecer en la playa; otras, horripilantes como un nido de ratas. Primero, fueron sabias sacerdotisas; luego, hábiles curanderas; después, malvadas brujas; hoy, asombrosas hechiceras. En fin…Las hay para todos los gustos y de todos los colores…y sabores. ¿Y usted qué dice? ¿Será qué realmente existen estos seres maléficos? ¿O será qué solo habitan en nuestras frágiles mentes? Yo particularmente me sueño viendo pasar una volando en su escoba… y gritando a los cuatro vientos: “abracadabra patas de cabra…”.

 

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