Carolo: El marihuanero mayor

Por: Carlos Pachón Botero
E-mail: cmpachonb@gmail.com
Twitter: @cmpachonbotero

Carolo es, de lejos, el marihuanero más destacado de Colombia. Se codea con los personajes importantes de la política, la administración pública, el deporte y la intelectualidad sin esconder su amor por la bareta, Esta afición,  que para muchos de nosotros es un vicio deplorable, para él no es ni siquiera un pecado venial. Después de hablar largas horas con él, estoy convencido de que él considera  este asunto como una de sus grandes virtudes.

Cuando le pregunté, ¿Carolo, en qué momento de la vida te jodiste?, este loco, lleno de cordura, atinó a decirme sin vacilar ¿”y quién dijo que yo me había jodido”? así, de un solo tajo, acabó con mi intención de armar una sana discusión.

Esta es la certera respuesta, de un personaje de tan variadas ocurrencias, de quien no se sabe si es mejor escribir un perfil o un reportaje o más bien escribir un anecdotario. Gonzalo Caro Maya, nació en Anorí, con afectos en Carolina del Príncipe y con ganas de morirse en El Retiro. Se ha dedicado a promover conciertos de rock y uno de ellos aún está en la mente de las generaciones de los años 70, “Ancón”. Ese espectáculo, ya lo catapulta a la categoría de legendario, por el solo hecho de organizarlo o en palabras de sus célebres amigos, como Óscar Domínguez o Rodrigo Maya, que aún secundan sus locuras, ese concierto lo desorganizó Carolo.  Por ese permiso casi se cae un alcalde de Medellín, Álvaro Villegas Moreno. Fueron varios días de rock and roll, sexo y drogas en un lote en  La Estrella, con el río Medellín de fondo. Este espectáculo pretendía emular el multitudinario y colorido Woodstock, celebrado en 1969 y que impulsó al movimiento hippie. Carolo, cuenta con su característica elocuencia que este festival le quitó la virginidad a Medellín, sacó a la ciudad de la pacatería y la introdujo en el mundo moderno.

Carolo, ha recorrido medio mundo montado en la gloria que significó Ancón. De ella vive y por  ella lucha.  Con gracia dice: “Yo vivo del cuento, del cuento de Ancón”. En el año 2005, se juntó con unos amigos y le quiso dar cuerpo a una renovación de Ancón. Un amigo le prestó la plata, otro le ayudó en la promoción y así de amigo en amigo mantuvo el cañazo. Lo cierto es que de esa ocurrencia aún debe varios millones. Y los ha venido pagando con el mismo nombre que le dio Ancón.  “Yo pago las cuentas con el mismo cuento, el cuento de Ancón”.

De esa última locura y de esa quiebra aún no se repone. No entiende cómo un festival tan promocionado y al que le creyeron empresas como Cervecería Unión que llenó de música, tablados, tabernas, toneladas de cerveza y lindas chicas la explanada del nuevo Ancón, no alcanzó siquiera a sumar las ganancias que permitieran su equilibrio. Sus amigos más cercanos le han explicado de muchas formas el motivo de esta quiebra histórica, como él la llama. Su buen amigo y testaferro literario, Rodrigo Maya Blandón le dice: “mirá Carolo, ya fumar marihuana escondido es una bobada, no es ninguna novedad, entregarse al amor libre no produce el mismo entusiasmo de décadas atrás y el rock and roll ha sido desplazado por ritmos que privilegian la cadencia de manera carnal. Además, quienes hicieron parte de esa gesta artística casi sacrílega, ya están muertos o son unos viejitos prostáticos a quienes la diabetes no les permite tomar trago o trasnochar, ya eso no tiene gracia. Ese tipo de festivales ya no es negocio”, pero Carolo no entiende y más bien se empecina en múltiples formas de sacar réditos de tan recordada fiesta. Hace muy pocos días propuso organizar una tertulia musical en su finca de la vereda Pantanillo de El Retiro, cobrando 200 mil pesos por pareja con derecho a escuchar su derroche de Ancón. Esperemos a ver qué ocurre.

Cuando le pedí que me contara cómo fue que siendo tan joven (tenía escasos 17 años) se imaginó el festival de Ancón y como si hubiera encendido una  grabadora en el conocido play, me contó lo mismo que ya me habían dicho algunos de sus amigos a quienes les ha contado miles de veces la misma historia: “Yo estaba en una playa de San Andrés con unos amigos. El mar estaba sereno. Yo también estaba sereno pues hacía unos minutos me había fumado un bareto y me había metido en el LSD. En esa calma indescifrable, miré las pocas nubes de las 11 del día y entre ellas empezó a aparecer un escenario maravilloso. Saxos, trombones, trompetas, guitarras y baterías de oro fueron saliendo de la nada y se fueron ubicando cada una en un lugar preciso de este misterioso set. Después fueron llegando por los aires los músicos y se fue armando el más bello y espléndido espectáculo musical de rock. Todo se volvió música. El mar, la arena, las palmeras y todo era música. Entonces, hermanito, desperté a mis amigos que dormían sus respectivas “trabas” y le dije: me voy para Medellín a organizar un festival de rock que va a ser histórico. Todos me miraron con cara de guevones y así se quedaron. Ese mismo día, en la noche, llegué a Medellín y me dediqué a organizar el Festival más grande de rock que se ha hecho en Colombia. Fue una inspiración divina”.  Se queda un rato en silencio, saca de un bolsillo de la camisa un marihuano armado, lo prende, lo aspira y como si estuviera haciendo el acto más normal de su vida, sigue su charla.

Carolo y su incestuosa relación con la marihuana

Quien quiera abordar a Carolo desde cualquier género periodístico o literario, indefectiblemente tendrá que confluir en el tema de la marihuana. Es un hombre de ademanes muy particulares y de expresiones recurrentes: la palabra “hermanito” adorna su léxico de manera pronunciada y exagerada. Para nuestro personaje, la marihuana es como una hermana a la que todo el día le hace el amor y se lo hace hasta 15 veces en un día de baja producción y poco afecto. A ella llegó desde hace muchas décadas y hoy es su estilo de vida más documentado. La exhala con una pasión sin par, la combina con alcohol. Detesta el cigarrillo, porque es muy dañino, argumenta con suficiencia.

Vivió en Holanda, país europeo que desde tiempo anteriores ha permitido el consumo de drogas sin contratiempo alguno en tabernas y lugares de juerga creados para tal fin. Allí obtuvo el trabajo soñado. Carolo, llegó a las grandes ligas de la marihuana: le pagaban por hacer lo que más le gusta y en horario de oficina. Era catador oficial de marihuana, La cataba para el reino de Holanda, para que la corona no tuviera inconvenientes en su distribución callejera. Sus fosas nasales se abrían de la dicha al probar un fino pucho de marihuana, “éste sirve, éste no, pa fuera” recuerda haber exclamado en aquellos años mozos. Trabajaba de 10:00 de la mañana a 3:00 de la tarde fumando marihuana, una vez concluía su jornada laboral seguía fumándola. Es como si un operario de confección que entra a cumplir su jornada laboral  y marca tarjeta a las 5:00 de la tarde para irse a su casa, al llegar allí siga pegando cierres por placer. Esa es una relación que no lo avergüenza, por el contrario lo enorgullece. En Europa los jíbaros mezclan la marihuana con cagajón de burro para hacerla rendir, pero ahí estaba el fino olfato paisa de Carolo detectando el engaño.

Una anécdota muy recordada por sus legendarios amigos, indica que un ex gobernador de Antioquia se topó con él en un pasillo de la Alpujarra y le dijo en tono jocoso, “Carolo qué tenés para mi”, éste lo saludó con su gracia y voz desgarbada y rasgada, se llevó la mano al raído chaleco periodístico que lo acompaña y sacó un bareto y le dijo esto es lo que hay. Aquel gobernador no tuvo más remedio que reírse.

Su faceta como periodista: pellizcando a la comunidad

En la actualidad es el director y propietario de la revista “El Pellizco” y ésta le permite obtener lo suficiente para vivir, beber y mercarse sus buenos bareticos. Tiene cerca de 150 ediciones. Allí aparecen los políticos, aparecen los amigos que le sobreviven: nadaístas de la cuarta edad, curtidos periodistas de antaño que publican en este medio sus artículos como si fueran “pruebas de supervivencia” y uno que otro intelectual o científico defendiendo el consumo de marihuana, una de sus grandes pasiones. El Pellizco, con sus 2.500 ejemplares perfectamente distribuidos por Carolo, es uno de los medios alternativos más leídos de Antioquia. Tiene en su contenido dos o tres páginas que él llama el mosaico por su parecido a los mosaicos de fotografías que hacían en los colegios con los graduados. Político que no aparezca en este mosaico moderno, dice Carolo, es porque nadie lo conoce o porque está siendo investigado.  Todo el gremio político se busca allí y quiere aparecer allí, Y cada pequeña foto tamaño cédula vale $50.000. Y todos los 30 o 40 que logran salir cada mes, los pagan religiosamente, pues si no pagan son amenazados por Carolo con la denuncia pública por no pagar esta pequeña vacuna periodística.

Además de recorrer los pasillos de la gobernación y de la alcaldía de Medellín en busca de pauta para sostener su revista, Carolo, escribió un libro que jocosamente denominó: “Ancón del quiebre histórico a la quiebra histórica”, lo redactó con la ayuda periodística de sus grandes amigos. Intentó promocionarlo en la Feria del Libro de Bogotá de 2011, pero el escándalo de la suspensión del alcalde capitalino, Samuel Moreno Rojas, lo hizo desistir de su viaje, porque según Carolo, esta perla ocuparía la agenda noticiosa de los colegas de la fría Bogotá, relegándolo a él a un segundo plano. Y su presencia en la Feria del Libro de Bogotá – dice – no podía ser superada por un alcalde corrupto.

Carolo que, como dicen sus amigos, es más feo que el padre Marianito, nunca quiere pasar desapercibido en donde está o a dónde va. Para él no existe el bajo perfil y siempre se hace notar. En cualquier reunión, foro, conferencia o charla tiene que intervenir dos o tres veces sea cual sea el tema tratado. En ruedas de prensa con el gobernador Fajardo se le ha escuchado pedir favores para arreglar su casa finca y sede campestre de El Pellizco. Al Ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, en plena conferencia de prensa le pidió el favor de ayudarle a recuperar una finca en Guarne que le había quitado Pablo Escobar.

Hasta en política ha participado. A comienzos de los años 90 se presentó en llave con el concejal de izquierda Alberto Álvarez para ocupar un escaño en el concejo de Medellín. Carolo era el suplente y el pacto era que “harían el carrusel”. Uno ocuparía la curul un año y el otro (Carolo) el otro año. Álvarez no le cumplió y disfrutó de los dos años de mandato. Carolo todavía lo insulta por faltón. “Ahí están pintados los izquierdistas de este país”, dice con rabia y con algo de razón. En aquellos tiempos tenía un espacio en Caracol Radio que se llamaba el “Pellizco Cívico”, todas las mañanas en Cómo Amaneció Medellín, Carolo encarnaba una loable causa a la que hacía férrea defensa. “Dejé la política y me dediqué al civismo y a los animales, a las mascotas. Pagan mejor los animales que los políticos. Mientras más conozco a los políticos, más amo y admiro a las mascotas”, dice en tono filosófico.

Su amor por los animales, en especial por los perros, lo llevó a organizar los tradicionales Festivales de la Mascota en el parque de Laureles, aún continúa con este evento, pero lo lleva a los municipios. Consigue con los distribuidores de productos para mascotas y cuidos para animales regalos, alimentos concentrados, vacunas y toda clase de artículos para mascotas y en un espectáculo que dura tres o cuatro horas hace rifas, desfiles de mascotas, vacunación, desparatización y regala concentrados. En El Retiro reunió más de 500 mascotas con sus respectivos amos y acompañantes. Perros, gatos, conejos, loras y hámster con sus chillidos, ladridos y maullidos se mezclaban con los gritos, chillidos y silbidos de niños, niñas, jóvenes y adultos que querían lucir a sus mascotas en este variopinto espectáculo callejero.

Carlos Santana, su otro amor

Carlos Santana es el otro gran amor de Carolo. Cuando vivió en Estados unidos  no se perdía sus conciertos y como su más fiel fan lo seguía a todas partes. Carolo tuvo en USA su época de mayor esplendor. Allí fue millonario y como tal vivió. Sin ningún pudor me confiesa: “Yo era traqueto en Nueva  York cuando ese oficio no era considerado un delito grave y no se perseguía. Y tuve dinero y me lo gasté. Yo pagaba VIP en los sitios donde cantaba Santana y con dos o tres amigos bebíamos whisky y fumábamos marihuana y metíamos perica a lo loco. Santana nos acompañaba después del concierto”.

Con su voz carrasposa me cuenta una de sus anécdotas favoritas, según me contaron sus amigos que consulté: “cuando volví a Colombia le organicé un concierto en el estadio El Campín de  Bogotá. Poco antes de empezar fui al hotel a descansar un poco y cuando volví el alboroto era total. No había por donde entrar. La gente gritaba e insultaba. El estadio estaba repleto y no pude entrar. Resulta que alguien había falsificado las boletas y al estadio llegaron los que habían comprado las buenas y los que habían comprado las falsas y la policía casi no controla el asunto.”

Y continúa encadenando una historia con otra: “unos meses después fui detenido en Caracas por tratar de obtener, de manera fraudulenta, la nacionalidad venezolana para poder volver con otra identidad a los Estados Unidos. El falsificador me dijo que me aprendiera el himno nacional de Venezuela, el nombre de los estados venezolanos y sus capitales y otros asuntos geográficos y políticos importantes. Me consiguió un viejito que iba a decir que era mi papá y me fui con mi nuevo padre para una Notaría donde él me dio el nombre y el apellido para sacar la cédula venezolana. A los días fui por la cédula con la advertencia de que no fuera a utilizar la expresión “hermanito” que yo utilizo mucho y como este término no es usado en Venezuela, entonces me dijo el falsificador que ese término generaría sospechas. Pues llegué a la taquilla por la cédula y el funcionario me la entregó y yo, de la emoción, le dije; “muchas gracias, hermanito” y ahí mismo me dijo: venga señor que usted no es venezolano, usted está mintiendo” y me detuvieron. Allí en la cárcel de la Guaira, me hice amigo de un colombiano que estaba detenido por falsificación de documentos y cuando le conté la historia me dijo; “yo le hubiera falsificado el pasaporte y la cédula sin necesidad de tanta vuelta. Imagínese,  Carolo, que yo falsifiqué la boletería del concierto de Carlos Santana en Bogotá y me quedó perfecta. Ahí me gané unos buenos pesos”. Y yo, muerto de la risa, le dije: “No jodás marica, ese concierto lo organicé yo. Y seguimos siendo amigos. Así es la vida”. Y se queda mirándome y vuelve con su mano a buscar el bareto que lleva bien armado en el bolsillo de la camisa.  Así es el Carolo que conocí: Un enamorado fiel de la canabis.

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